miércoles, 21 de octubre de 2009

Cada loco con su tema y hoy me toca a mí.

Siento una impotencia muy fea, demasiado fea. Una de esas de querer gritarle al oído a alguien que está haciendo algo mal, mal, mal, fatal. Pero es inútil, quien no presta atención es incapaz de escuchar. Quien sólo oye la música que él crea, no evoluciona.
Me siento como tirando de un hilo que a la vez va cortando otro, como perdiendo el tiempo en algo que no merece la pena. Sin darme cuenta mierda rara va creciendo a medida que pasan los días y yo me quedo inmóbil dejando que lo que no quiero que pase acabe pasando. Dejando que me crezca la rabia y sintiéndome mal por cosas que NO soy yo quien las está haciendo mal. ¿Cómo le dices a alguien que ASÍ NO ES? Si ni siquiera sé yo cómo exactamente es.
Mil veces he intentado buscar la perspectiva y usar el juicio en vez del prejuicio pero es tan difícil... Igual de difícil que creer dominar un tema y ser capaz de no dejar que él te lleve a ti y, aunque no se entienda lo que digo, me refiero a que hay asuntos que al creer dominarlos del todo al final acaban por dejarme en la cuneta; inmóbil, sin poderme mover. Sin poder gritarle al oído del dueño de lo que me ha acabado tirando que ése no es mi sitio.
Me pregunto si, pegándole una patada para dejarlo donde él me deja a mí, sería capaz de entender mi impotencia y enterarse de una puta vez que no sólo existe como válido lo que piensa él. Hay más mundo que el que ve un burro, mucho más...

sábado, 3 de octubre de 2009

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Me pongo tarde y mal a escribir. No es lo típico que se dice, mi caligrafía siempre fue pésima; y lo de tarde más bien es porque me habría gustado empezar antes a dedicarme a estas cosas del desahogamiento, me habrían hecho bien. Introduzco, también, que no soy una gran fan del género literario, mi afán por leer más bien fue un desafán.

Una de las cosas que se sabe, cuando pasas la línea trascendente de la adolescencia y atraviesas la juventud barriendo todo lo que has aprendido, es que empieza la etapa de desaprendizaje. Todo lo que creías entender como cierto ya no es tan cierto ni tan verdad, ni tan sincero, ni si quiera ahora está tan bien expresado.

Será cosa de la madurez que alcanza cada uno o de las mil vueltas que dan pensamientos inútiles (o no tan inútiles) en la cabeza, que creces con tendencia a ir a por la verdad, a no creer cualquier cosa que te dicen y a liberar tus teorías para enfrentarte a la valoración exacta de tu criterio. Te quedas pensando si ese criterio al que te aferrabas para dar nota en la escala de lo correcto era tan válido como creías hasta entonces y las dudas flotan por el mar de lo conocido como queriendo acabar con todo, como intentándose beber el agua que te mantiene despierto y con ganas de saber. Si una cosa es cierta, es que no nos rendimos ante la duda y seguimos luchando por aclarar la oscuridad del pensamiento humano. Y utilizamos el criterio del que hablaba para decidir a buenas o a malas qué es lo que se queda en la cabeza y que es lo que tiramos al container de los conceptos mal aprendidos.